Farallones de Cali

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martes, 3 de enero de 2017

Libros: Primero estaba el mar - Tomás González


"Olores. Oscuro olor a manglar que a veces trae el viento. Olor a cangrejos muertos y todavía crudos, almizclado y resinoso. Olor del pasto a mediodía bajo el estático martillo del sol. Olor del humo que viene de la cocina, mezclado con el olor del café. Olor de las fritura de pescado a mediodía , frituras de plátano, vapores pesados del coco en el arroz. Olor de las cremas bronceadoras, aceites humectantes que protegen y embellecen todavía más la bella piel de Elena. Olor de su cabello recién lavado, champú de hiervas, siete. Antípoda olor en la letrina, donde zumban moscardones en el calor y se asoman lagartijas entre los intersticios del bahareque. Olor permanente e inerradicable del polvo en las tablas de la casa. Olor ahora nuevo de los libros cuando se les abre -empezando a hincharse por la humedad del aire, deteriorados por el constante aliento del mar y por la creciente falta de uso-, como de margaritas marchitándose en un desván húmedo y caliente. Y ahora también nuevo, el olor de madera recién cortada, mezclado con el vaho de gasolina, la gasolina que esteriliza, quema, ahuyenta la vida"
Primero estaba el mar - Tomás González

Arrancando este nuevo año con el firme propósito de ir evacuando las lecturas pendientes, comencé a leer esta novela de Tomás González y la terminé casi de un tirón el primer día del año. Es una novela que te va atrapando, como la selva y el mar atrapan al protagonista.

El espíritu colono de los antioqueños, o la necesidad de paz en un momento turbulento de la vida, o el deseo de disfrutar la naturaleza y el mar, o de huir de los ojos inquisidores de la familia y la sociedad, o todas las anteriores, llevan a los protagonistas de esta novela al paraje inhóspito y bello que une la selva con el mar en la región del Urabá.

Esta historia novelada, sobre un familiar del autor, nos transporta al universo mismo donde transcurren los sucesos, a vivir las angustias, las expectativas, los temores, los deseos y las satisfacciones que se entremezclan en esta suerte de aventura en la que se embarcan J. y Elena, los protagonistas. 

Con un bello lenguaje, acertado y profundo, Tomás González logra enganchar al lector, impregnarlo del salitre, del sudor, el olor a coco y la humedad que enmarcan y dan color a muchas de las situaciones que se entretejen y van sucediéndose unas tras otras, como la cadena pesada de un ancla que va cayendo al mar sin que ninguna fuerza pueda resistir o evitar su inminente choque.

Los límites entre la esperanza y la desesperación, entre el respeto y el abuso, entre la moral y el instinto, entre el principio y el final, son transgredidos, son puestos en evidencia, desmitificados en esta narración, que siendo la primera novela que el autor publicó por allá en el año 83, mientras trabajaba en un bar bogotano, dejaba ver ya su habilidad en el manejo del lenguaje y las sensaciones, del detalle sin exageraciones.

Algunos pequeños detalles de edición, tal vez continúan allí como un recuerdo cariñoso de aquella sencilla primera edición de 1983.

"Primero estaba el mar. Todo estaba oscuro.
No había sol, ni luna, ni gente, ni animales, ni plantas.
El mar estaba en todas partes.
El mar era la madre.
La madre no era gente, ni nada, ni cosa alguna.
Ella era el espíritu de lo que iba a venir y ella
era pensamiento y memoria."




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